#¿Corrección política u opresión?

Hay entradas, opiniones y reflexiones polémicas en la vida. Críticas a discursos asentados o emergentes que tocan sentimientos complejos que están a flor de piel.

Seguro que os suenan temáticas: religión, política, feminismo…

it's National Camera Day

Algunos temas son peligrosos, son duros e irritan pieles que están más que escaldadas de antemano pero… ¿Entonces nos quedamos ahí, aceptamos el discurso per se sin cuestionar nada? ¿Qué clase de criterio es ese? Uno fácil, definitivamente y quizá pueda sonar muy respetuoso, pero para nada lo es.

¿Es respeto mantenerme en silencio por miedo de que me acusen, o se trata más bien de miedo? ¿Es el miedo una buena herramienta para combatir actitudes o culturas perjudiciales para los seres humanos? ¿Permitirá adherencia a ese comportamiento el miedo?

Quizá me equivoco y no he valorado esa posición lo suficiente, pero el miedo hasta ahora siempre me ha indicado que elimina comportamientos a nivel público y se queda corto a nivel privado.

Ejemplos de cyberacoso o violencia de género a través de redes sociales son de lo más clarificadores en este aspecto, ya que a través del anonimato o a escondidas las actitudes agresivas o dañinas sí se emplean pero en público se esconden dado a la visibilización del problema como tal.

¿Es negativa la visibilización entonces?

No, para nada. La visibilización hace un efecto muy importante: poner las cartas sobre la mesa. Implica que el vecino sepa de qué hablo cuando hablo de bullying, que le haya pasado por la cabeza, que sepa consecuencias negativas y leves datos de por qué podría ocurrir de manera que también sabe identificarlo y crear criterio sobre ello.

La visibilización crea conversación sobre el tema. Lo abre a debate.

De modo que, y sólo como recordatorio, creo firmemente en ser el reflejo incómodo de la realidad. El impertinente, el difícil, el cargante pero respetuoso y constructivo. Que no ser políticamente correcto no significa necesariamente ser maleducado.

¿Vosotros qué creéis? 🙂

 

 

 

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#La pirámide de mi cabeza

Tras un descanso tan largo, quería volver con una entrada de esas que te invitan a reflexionar, a replantearte cosas en la vida. Porque en el fondo, son esas las más interesantes. Las palabras que saquean tu mente, que mueven tu pirámide de pensamientos y derrumban constantemente las ideas que se almacenan en ella.

¿Y diréis, por qué hablas de una pirámide, qué tiene que ver esto con las ideas?

Llamadme loca, pero desde hace mucho ilustro mi ideario con una pirámide. Siempre  he sido de las personas que tienen unas ideas más firmes al principio del pensamiento y otras más ligeras al final. Aunque tras esta reflexión, quizá todos somos un poco así.

DIBUJO ARTICULO PIRAMIDE RUTH

Para ilustrarlo mejor, empecemos por el final. En la punta de la pirámide se alojan aquellas ideas más superficiales, argumentos irrisorios que son fáciles de cambiar y no suponen prácticamente esfuerzo. Serían por ejemplo los prejuicios cuando conocemos a alguien por su apariencia.

  • Oye, pues al principio me parecías un tío soñador y fantasioso pero tienes los pies en la tierra y la cabeza muy bien amueblada.
  • Pues tú me parecías un tanto borde sabelotodo, con esa cara tan seria que tienes siempre y las gafas esas. Y tras conocerte, me has parecido un gran tío.
  • Con Joaquin no me ha pasado lo mismo, me parecía un chaval majo y llano, pero ahora que lo he conocido más, al contrario, me parece muy superficial.

Este tipo de ideas son fácilmente modificables y en general no suponen esfuerzo emocional o intelectual alguno.

A medida que avanzamos en nuestra pirámide, las ideas cada vez son más complejas y sostienen pensamientos más complejos que suponen una mayor carga mental, un mayor esfuerzo de cambio y sobretodo un intenso impacto emocional.

¿De qué tipo de ideas hablamos?

Pues podríamos empezar con ideas sobre cómo funciona la sociedad, cómo es la naturaleza humana, la relación o juicios sobre personas cercanas con las que se mantiene una conexión emocional y en definitiva, sistemas de ideas que configuran quiénes somos y cómo vemos el mundo.

Aunque esa definición se podría decir de cualquier idea, no tiene la misma complejidad ni impacto creer que mi vecina Francisca es una persona muy trabajadora y honesta que creer que mi vecina Francisca por ser asiática, es una persona muy trabajadora y honesta.

Ambas ideas hablan de Francisca y la describen, pero una lleva adherido un sistema de ideas que forjan mi forma de ver el mundo porque crean una norma. Es decir, el peldaño dónde se sitúa la primera idea está arriba de la pirámide, en cambio la segunda, está en la base puesto que no afecta sólo a mi vecina Francisca sino a toda aquella persona asiática que conozca. Y esto tiene un gran impacto, no sólo en mí sino en los demás.

Creo que habitualmente, se habla del impacto que generan las ideas básicas en los demás o en uno mismo… Pero en esta entrada me gustaría hablar del impacto en uno mismo cuando hay un cambio de ideas, especialmente en aquellas que se encuentran en la base de la pirámide.

Sonará exagerado pero un movimiento en la base de la pirámide es una auténtica revolución. Todas las ideas que sostiene sobre sí misma se tambalean y ocurre un cambio a varias escalas que reforma toda un área de visión y de percepción de la realidad.

La base de la pirámide suele cambiar constantemente durante la etapa de la adolescencia. Por ejemplo, el día que rompemos la idea de que los padres son superhéroes y nos damos cuenta de que son humanos con errores e imperfecciones. Esta realidad nos da de lleno y rompe por completo un sistema de ideas sostenido sobre ese bloque.

Nuestros padres son personas -> cometen errores -> no existe la perfección -> no hay seguridad absoluta -> independencia y autosuficiencia necesarias -> qué es el bien y qué es el mal -> si ellos no saben, cómo voy a saber yo…

Miles de dudas masacran aquella base de ideas que sostenía nuestra forma de ver el mundo y hacernos quiénes éramos. Esta situación implica un impacto reflexivo y emocional intenso que se nota generalmente en el estado de ánimo. Por este motivo, es una característica de los adolescentes el escepticismo, la rebelión, la tristeza y en general los sentimientos que derivan de un cuestionamiento constante de todo lo que les rodea.

Del mismo modo, cuando insertamos una idea nueva en esa pirámide de nuestro pensamiento, debe encajar entre los demás bloques e incluso puede romper, cambiar o reconstruir otros bloques durante su encaje o durante la construcción de la misma idea.

En definitiva, la pirámide de nuestra cabeza, de nuestro pensamiento, es sumamente compleja. Y con ello debemos ser conscientes de las implicaciones que tiene para alguien un cambio de ideario.

Así pues, apelo a la empatía cuando en sociedad exigimos cambios de mentalidad muy bruscos en un corto plazo de tiempo sin tener en cuenta el impacto emocional y reflexivo que supone para una persona, sin si quiera sopesar que la persona podría caer en el abismo del escepticismo (algún día hablaremos extensamente de ello) con difícil salida. Y no sólo a la empatía, sino a las actitudes constructivas que hacen de un proceso tan revolucionario como una idea, algo más llevadero, enriquecedor y rápido.

Un saludo y nos vemos en la próxima entrada 🙂

#La paradoja de la coherencia

En la sociedad actual, muchos son los que hablan de la pérdida de valores que se ha producido. Y es que sólo hace falta echar un vistazo a la cinematografía más actual para ver que, el progresismo – entendido como lo entendemos en España -, de algún modo también ha roto con aquellos valores aposentados, dándonos una mayor libertad y a su vez, un mayor caos.

En la época de la sobreinformación es difícil ser coherente. Y es difícil porque, además de no ser un valor respetado por la ciudadanía tampoco lo es por los políticos o las instituciones. De este modo, todas las vías a través de las cuales las personas nos socializamos recibimos información contradictoria continuamente. Así mismo, se une el elemento de que prácticamente nadie señala esa incoherencia, y quién se atreve a hacerlo, es todavía más incoherente que el primero.

Aunque hablamos de incoherencia, generalmente la palabra que se usa en sociedad es hipocresía. Nos referimos a aquel sin sentido a través del cual alguien dice A pero hace B, en el caso de la hipocresía. Es decir, una persona incoherente es aquella que no sigue lo que sus palabras o pensamientos en sus acciones.

Pero aquí llega la paradoja. Si nos limitamos en todo a ser coherentes… ¿no somos entonces rígidos, inamovibles, autoritarios y caemos de nuevo en el sin sentido?

Dejad que me explique mejor. Pongamos que A cree que es incorrecto comer chicle en clase, pero A come chicle a veces en clase, aunque parece que lo olvida. Un día B está comiendo chicle y A le interpela.

  • “Oye, no me gusta que comas chicle en clase. Es molesto”.

Y B, alarmado por la molestia que ha causado, se retira el chicle rápidamente. No sin antes, guardar en su memoria tan desafortunado encuentro.

Unos días más tarde, A come chicle en clase y B, que todavía guarda en su memoria el desagradable momento, piensa…

  • “Menudo hipócrita…”.

Pero por otro lado, B está obviando que quizá A, justo el día anterior estuvo hablando con C y éste, que es de otra opinión, le argumenta sobre cuán beneficioso es mascar chicle en clase, puesto que así no se entretiene tanto porque está concentrado y a la vez tiene una actividad sugestiva en la boca. A ha sido convencido, A ha cambiado de opinión.

¿Está mal? Es decir, ¿no hablamos siempre de que es importante tener la mente abierta? ¿Reflexionar? Y… ¿Por qué no? Si nos dan buenos argumentos…¡convencernos! Al fin y al cabo la evolución humana surge de la duda y los constantes intentos de responder a la misma de uno u otro modo.

En definitiva, la paradoja de la coherencia es como muchos otros aspectos en esta vida. Hay que saber encontrar un equilibrio.

Pero eso es tan difícil…